Prosas apátridas
1El mejor cuento de Onetti, y a veces mi preferido.
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¿Por qué la primera novela de Matias Celedón (1981) rebotó tan poco en los medios? ¿Por qué casi nadie habló de ella? ¿Por que nos la saltamos? ¿Por qué mostramos tan poco interés en ella cuando tiene relación con la literatura de Mario Bellatin, que tanta resonancia ha tenido entre los lectores/escritores chilenos? ¿Por qué pasó casi inadvertida? ¿Por qué nadie habló de ella?
"El dolor de la pérdida nos resulta un lugar desconocido hasta que llegamos a él. Anticipamos (lo sabemos) que alguien cercano a nosotros puede morir, pero no imaginamos más allá de los días o semanas inmediatamente posteriores a esa muerte imaginada. Incluso interpretamos erróneamente la naturaleza de esos pocos días y semanas. Si la muerte es repentina, es posible que esperemos sentirnos conmocionados, pero no esperamos que la conmoción sea arrasadora, que trastorne a la vez el cuerpo y el espíritu. Es posible que esperemos sentirnos postrados, inconsolables, locos por la pérdida, pero no esperamos estar literalmente locos, personas enteras que creen que su marido está a punto de regresar y necesita sus zapatos. En la versión del dolor que imaginamos, la pauta a seguir es la "recuperación". Prevalecerá un cierto movimiento hacia adelante. Los peores días serán los primeros. Imaginamos que el momento más duro de la prueba será el funeral y que tras él se iniciará esa hipotética recuperación. Cuando anticipamos el funeral nos preguntamos si lograremos "superarlo", estar a la altura de las circunstancias, hacer gala de la entereza que invariablemente se menciona como respuesta correcta ante la muerte. Anticipamos que necesitaremos fortalecernos para ese momento: ¿seré capaz de recibir a la gente? ¿Seré capaz de dejar el lugar? ¿Seré capaz siquiera de vestirme ese día? No sabemos que ése no será el problema. No podemos saber que el funeral en sí mismo será anodino, una especie de regresión narcótica, arropados por el cariño de los demás y por la gravedad y significado de la ocasión. Ni podemos saber -y ahí reside la diferencia fundamental entre cómo imaginamos el dolor y cómo es en realidad ese dolor- la interminable ausencia que sigue al hecho en sí, el vacío, la absoluta falta de sentido, la inexorable sucesión de momentos en los que nos enfrentamos a la experiencia del sinsentido".
Cartas a mi madre resulta ser uno de esos libros donde, a pesar de saber cómo termina, uno se conecta con la historia y trata de empezar a buscar indicios de ese final. Un lector-detective que busca pistas en cada carta que Sylvia le escribe a su madre. Y claro, resulta ser un ejercicio fallido casi siempre, porque lo que cuenta en esas cartas son cosas cotidianas que le suceden a cualquier chica norteamericana de 18 años (que es aproximadamente la edad que tiene cuando comienza a escribirle a su madre desde el Smith College). Habla de chicos, de amigos, de profesores, de lecturas, de fiestas. De sus proyectos. Y quizá en esto último es en lo único que las cartas se diferencian de cualquier otra: Sylvia estaba obsesionada con concretar los proyectos que se había propuesto desde niña. Quería ser una escritora famosa, reconocida, admirada. Quería ser profesora. Quería ser poeta. Y es en Smith College donde comienza a buscar la realización concreta de esos proyectos. Así que lee y escribe. Y primero son cuentos, y de vez en cuando algunos poemas, pero sobre todo cuentos, y los envía a revistas norteamericanas y comienza a publicarlos y hacerse, lentamente, un nombre.
Pero también la rechazan muchas veces. Más de lo que ella quisiera. Y habla de la tristeza que le causa eso, y su mamá le envía cartas que no leemos, pero que ella agradece y la tranquilizan.
El lector-detective se ve sumido en esta historia de triunfos y derrotas literarias. Por un momento abandona la idea de seguir buscando pistas. Pero de pronto aparece una.
En un diario aparece el reportaje sobre el suicidio de un compañero de su hermano. Su madre cuenta que Sylvia la telefoneó y le habló sobre eso. Después le escribiría una carta muy angustiosa contándole lo cansada que estaba de todo.
La primera pista. El primer indicio. Quizá es absurdo tomarlo tanto en cuenta, pero cuando leí esa parte sentí que algo estaba pasando. Un quiebre. No sé. Porque en general todas sus cartas hasta ese momento habían sido felices. Se siente que ella estaba muy alegre y contenta. Pero de pronto esa noticia. Esa carta. La angustia. La primera pista.
Y esto podría ser gratuito, si no fuera porque unos meses después Sylvia intentaría suicidarse. El motivo no fue algo concreto, pero sucedió justo después de que se enteró que no fue aceptada en un curso de creación literaria que dictaría Frank O'Connor. La gota que rebalsa el vaso. Las ganas de morirse. El psicólogo. Los electroshocks. Las ganas de morirse.
Tuvo que pasar un buen tiempo para que Sylvia se recuperara. Las cosas mejoraron y fue aceptada en Cambridge. Obtuvo una beca. Se fue a Inglaterra a estudiar. Cartas de felicidad, nuevamente. Hechos cotidianos. Más cuentos. Más revistas que los publican. Más poemas. Mas chicos. Más chicas. Más estudios. Hasta que conoce a Ted Hughes. Se enamora como una niña. Lo admira. Comparten lecturas. Comparten sus escritor. Ella empieza a escribir más poemas. Y él se los revisa. Una pareja feliz. Quizá demasiado feliz. 
Sylvia después se casa en Londres con Ted. Tienen una hija. Después pierden otro. Después tienen un hijo. Siguen escribiendo, viven ciertas penurias económicas pero aguantan. Resisten. Por lo menos eso le dice Sylvia a su madre en las cartas. Le recalca que son felices, que Ted es el hombre que siempre buscó en su vida, que no concibe cómo pudo vivir antes sin él. Y compran una casa alejada de Londres. Viven allá. La arreglan, la cuidan, siguen escribiendo, se ganan premios, becas. Publican libros. La vida perfecta. La depresión olvidada.
Pero avanzan los años. 1960. 1961. 1962. El lector-detective está sumergido en la historia. Olvidó lo de las pistas. Se encanta con la historia de este matrimonio de poetas que todo les resulta bien. Que después de vivir problemas económicos por fin pudieron salir de eso y escribir tranquilos. El lector-detective avanza en la historia, pero sabe que hay algo. Sabe que estas cartas son reales. Que las fechas son reales. Sabe que el tiempo avanza y que se acerca el final conocido. Sabe eso y se atormenta, porque entre tanta felicidad no se vislumbra nada. Ninguna pista. Nada. Y todo esto más allá de pensar en lo que esconden las cartas. No es posible callar tanto tiempo. Pero Sylvia lo hace. Resiste. Se aguanta.
Pero nada puede durar tanto tiempo.
Últimas 80 páginas. Fin de 1961, comienzos de 1962. Sylvia manda menos cartas. La madre tiene que intervenir más en el libro. Tiene que explicar ciertos cabos sueltos, cosas que un lector ajeno a la historia no puede entender. Y en esas explicaciones aparece el quiebre: el matrimonio tiene graves problemas. Hay otra mujer. Sylvia sigue disimulando muy bien. En las cartas habla de otras cosas. Ya no escribe tanto. Ni poesía. Ni cuentos. Ni cartas. Y su madre realiza el primer viaje a Inglaterra desde que se compraron la casa con Ted. Sylvia quería mucho que conociera su casa. Estaba feliz. Pero la madre llega en el momento más inoportuno: la pareja está destrozada. Ya no hay vuelta atrás.
La madre regresa a Estados Unidos. Sylvia y Ted se separan.
Ted deja la casa. Sylvia se queda con los niños. Empieza a vivir problemas económicos. Sus últimas cartas hablan sobre todo de eso. Recalca los problemas económicos. Necesita salir de su casa, necesita tiempo para escribir, pero sin plata no puede. Y más encima vive alejada de Londres, del mundo intelectual. Y ella quiere regresar ahí. Pero no tiene plata. Y se frustra. Además que está haciendo los papeles para divorciarse. Y viaja a Londres a hacer trámites. Quiere regresar a la capital inglesa. Y encuentra una casa. Y hace papeles. La arrienda por 5 años. La misma casa donde vivió Yeats.
Finalmente se traslada. 1963. Londres y los poetas. Londres y los intelectuales. Londres y Sylvia que quiere sentirse reconocida por su poesía y no por ser la esposa de Ted Hughes. Y un día ella cuenta que vio a Ted y a su nueva mujer. Y dice que no siente celos, que le da lo mismo. Pero el lector-detective entiende que eso es mentira. Entiende que en esas cartas reales, esas cartas verdaderas quizá no lo son, que lo que hay detrás de ella, eso que nunca nadie explica ni dice, es una gran mentira adornada con detalles verdaderos. La tristeza y la resignación escondidas en las cartas felices de Sylvia. Palabras desesperadas que nadie logra captar. Sylvia pidiendo ayuda a gritos sin que nadie la escuche. Y es 1963 y Sylvia manda su últimas cartas. Y cuenta que ha conseguido algunos trabajos, que está pintando su nueva casa y que las cosas han mejorado.
4 de febrero de 1963.
Londres que está viviendo bajo la nieve, bajo el frío. Sylvia que se enferma, los niños que se enferman, pero que luego se recuperan. Todos se recuperan. Ella envía su última carta. Ya no hay entusiasmo. Está cansada, pero sabe que sus hijos dependen de ella. Quiere seguir escribiendo y seguir cuidándolos. Se despide de su madre. Ya no hay pistas. El lector-detective lee esta última carta y no sabe que pensar. Sabe que se acabó el libro. Se acabaron las cartas. Se acabó Sylvia. Luego una anotación de su madre donde cuenta que Ted envió un telegrama avisando de la muerte de Sylvia. La página en blanco. Y el lector-detective que no sabe qué pensar. Que se queda un momento en silencio, buscando respuesta, queriendo que el libro hubiese seguido, que se explicaran más cosas. Pero nada. El lector-detective y la página en blanco.
Después revisar el prólogo de Ana María Moix. Después leer la introducción de la madre de Sylvia Plath. Y encontrar algunos datos, otras pistas: la figura del padre de Sylvia reluce. Su muerte prematura. La tristeza de Sylvia. Su resignación. Quizá pistas falsas. La resignación. Y después buscar datos en otros lados. Ver que culpan a Ted Hughes de todo. El principal sospechoso. Él también escribió un libro sobre el tema titulado Cartas de cumpleaños, donde cuenta su versión de la relación con Sylvia. Pero al lector-detective le parece que eso está ajeno a Cartas a mi madre. Es otro contexto. Otro lugar. Y las pistas se acabaron. Ella está muerta en la cocina. Está con la cabeza dentro del horno. Y eso es lo único concreto. Lo único real: la página en blanco, las preguntas sin respuestas y ella con la cabeza dentro del horno.
Siempre me ha interesado más el Fuguet cinéfilo que el Fuguet lector. Quízá tiene que ver con los aciertos o con una cierta postura de Fuguet con respecto al cine y a la literatura. Cuando habla de la primera lo hace desde una profunda pasión. Cuando habla de la segunda, las cosas se vuelven algo más enredadas, donde pareciera que Fuguet llegó por casualidad a ella, y que no es realmente su verdadera pasión.