Monday, May 26, 2008

Prosas apátridas

1
"¡Cuantos libros, Dios mío, y qué poco tiempo y a veces qué pocas ganas de leerlos! Mi propia biblioteca, donde antes cada libro que ingresaba era previamente leído y digerido, se va plagando de libros parásitos, que llegan allí muchas veces no se sabe cómo y que por un fenómeno de imantación y de aglutinación contribuyen a cimentar la montaña de lo ilegible y, entre estos libros, perdidos, lo que yo he escrito. No digo en cien años, en diez, en veinte, ¿qué quedará de todo esto? Quizá sólo autores que vienen de muy atrás, la docena de clásicos que atraviesan los siglos, a menudo sin ser muy leídos, pero airosos y robustos, por una especie de impulso elemental o de derecho adquirido. Los libros de Camus, de Gide, que hace apenas dos decenios se leían con tanta pasión, ¿qué interés tienen ahora, a pesar de que fueron escritos con tanto amor y tanta pena? Por qué dentro de cien años se seguirá leyendo a Quevedo y no a Jean-Paul Sartre? ¿Por qué a François Villon y no a Carlos Fuentes? ¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar? Diríase que la gloria literaria es una lotería y la perduración artística una lotería. Y a pesar de ello se sigue escribiendo, publicando, leyendo, glosando. Entrar a una librería es pavoroso y paralizante para cualquier escritor, es como la antesala del olvido: en sus nichos de madera, ya los libros se aprestan a dormir su sueño definitivo, muchas veces antes de haber vivido. ¿Qué emperador chino fue el que destruyó el alfabeto y todas las huellas de la escritura? ¿No fue Eróstrato el que incendió la biblioteca de Alejandría? Quizá lo que pueda devolvernos el gusto por la lectura sería la destrucción de todo lo escrito y el hecho de partir inocente, alegremente de nuevo".
Julio Ramón Ribeyro.

Saturday, May 17, 2008

Trama y urdimbre

¿Por qué la primera novela de Matias Celedón (1981) rebotó tan poco en los medios? ¿Por qué casi nadie habló de ella? ¿Por que nos la saltamos? ¿Por qué mostramos tan poco interés en ella cuando tiene relación con la literatura de Mario Bellatin, que tanta resonancia ha tenido entre los lectores/escritores chilenos? ¿Por qué pasó casi inadvertida? ¿Por qué nadie habló de ella?
¿Por qué?
Las preguntas no son por algo retórico. Me gustaría que alguien me ayudara a encontrar respuestas. Yo trato de elucubrar alguna teoría, pero no logro sostenerla. Y no estoy hablando de ventas, porque ese es otro tema. Sólo hablo de la recepción crítica, del boca a boca, de hacer referencia a una primera novela que es muy extraño que haya pasado inadvertida, cuando es un libro que no tiene mucho que ver con lo que se ha publicado acá. Y me atrevería a decir que ni en latinoamerica. Y eso no significa que la novela sea mejor o peor que otras cosas, pero sí, en parte, distinta. Singular es la palabra que se me viene a la mente.
Y Ok, se puede parecer a Bellatin, y creo que dialoga muy bien con las novelas del mexicano, y eso no es menor, siendo que, según yo, Bellatin ha estado creando una obra fuerte, dura y bella, que es de los proyectos más interesantes que uno puede abordar. Por eso no es menor el diálogo entre Celedón y Bellatin, pero insisto, acá no se trata de pensar en la "ansiedad de las influencias", ni en plagio, ni en nada de esas estupideces, porque la novela del chileno se sostiene sola y también gesta un fuerte diálogo con el Donoso de El obsceno pájaro de la noche (que es el Donoso que más me conmueve y me perturba), como bien lo dijo Marcelo Soto, el año pasado, en la revista Capital, en una de las pocas críticas al libro que se pueden encontrar en internet. La otra es de Carlos Labbé y sería, por lo menos, en lo que respecta al mundo virtual.
No deja de ser curioso que la novela de Labbé Navidad y Matanza tampoco rebotó tanto, siendo que varias personas han señalado que es una muy buena novela.
Yo aún no la puedo leer porque no la he encontrado en librerías ni en bibliotecas. Y quizá esa sería una justificación, pero en el caso del libro de Celedón no lo es, porque la novela se editó en Chile y está en varios lugares. Y es una novela breve y que no cuesta cara, pero nadie habló de ella, como sí se ha hablado de otras novelas chilenas como Ygdrasil o Bonsái. Y si bien no he leído la novela de Baradit (por ahora sigue sin llamarme la atención), sí leí la de Zambra y creo que Trama y urdimbre no tiene nada que envidiarle. Son distintas, pero debido a su brevedad, apelan a una cierta perfección que las emparenta. Quizá en ese sentido no es gratuito que Zambra le haya escrito la contraportada a la novela.
Pero entonces, ¿por que no la rebotaron tanto como a esas dos? ¿Por las amistades? ¿Por no tener contactos? ¿Porque Mondadori no se dedicó a distribuirla de una mejor manera? ¿O simplemente porque todo sigue igual que siempre y aquí a nadie le interesa leer lo de otros que no sean amigos o conocidos, y menos aún si son chilenos y jóvenes?
Yo no tengo respuestas, pero me molesta que no se reboten buenas novelas, o buenos libros de cuentos, y sí se reboten otras cagadas que, por diversos motivos, terminan acaparando un interés de los lectores que no se merecen.
Yo reconozo que estúpidamente me había saltado Trama y urdimbre. En realidad suelo andar sin plata y no siempre compro libros, por lo que espero que lleguen a bibliotecas, pero esta novela no la encontré en ninguna, hasta que me la prestó un amigo. Y me arrepiento de haberme demorado tanto en leerla.
Y lo digo porque Trama y urdimbre contiene una serie de imágenes donde Celedón no esquiva el horror, sino que lo enfrenta y lo dibuja con mucha parsimonia, haciendo que, por momentos, los párrafos breves que aparecen en cada página estén más cerca de la poesía que de la narrativa. De esta forma logra que la historia de una costurera y de un niño con la cara deformada, parezcan el mejor retrato de una realidad incómoda que está a la vuelta de la esquina, escondida tras esas puertas que todos los días vemos, mientras caminamos a tomar una micro, y que olvidamos unos segundos después.

Saturday, May 10, 2008

El año del pensamiento mágico

"El dolor de la pérdida nos resulta un lugar desconocido hasta que llegamos a él. Anticipamos (lo sabemos) que alguien cercano a nosotros puede morir, pero no imaginamos más allá de los días o semanas inmediatamente posteriores a esa muerte imaginada. Incluso interpretamos erróneamente la naturaleza de esos pocos días y semanas. Si la muerte es repentina, es posible que esperemos sentirnos conmocionados, pero no esperamos que la conmoción sea arrasadora, que trastorne a la vez el cuerpo y el espíritu. Es posible que esperemos sentirnos postrados, inconsolables, locos por la pérdida, pero no esperamos estar literalmente locos, personas enteras que creen que su marido está a punto de regresar y necesita sus zapatos. En la versión del dolor que imaginamos, la pauta a seguir es la "recuperación". Prevalecerá un cierto movimiento hacia adelante. Los peores días serán los primeros. Imaginamos que el momento más duro de la prueba será el funeral y que tras él se iniciará esa hipotética recuperación. Cuando anticipamos el funeral nos preguntamos si lograremos "superarlo", estar a la altura de las circunstancias, hacer gala de la entereza que invariablemente se menciona como respuesta correcta ante la muerte. Anticipamos que necesitaremos fortalecernos para ese momento: ¿seré capaz de recibir a la gente? ¿Seré capaz de dejar el lugar? ¿Seré capaz siquiera de vestirme ese día? No sabemos que ése no será el problema. No podemos saber que el funeral en sí mismo será anodino, una especie de regresión narcótica, arropados por el cariño de los demás y por la gravedad y significado de la ocasión. Ni podemos saber -y ahí reside la diferencia fundamental entre cómo imaginamos el dolor y cómo es en realidad ese dolor- la interminable ausencia que sigue al hecho en sí, el vacío, la absoluta falta de sentido, la inexorable sucesión de momentos en los que nos enfrentamos a la experiencia del sinsentido".
El año del pensamiento mágico.
Así se llama el libro donde Joan Didion nos cuenta la muerte de su marido. La muerte de un hombre que estaba en la mesa, comiendo un 30 de diciembre del 2003, y que se desplomó y nunca más volvió. Didion piensa en un comienzo que está bromeando, pero después se da cuenta que no, que está inconsciente, y llama a una ambulancia.
En torno a esa escena gira el libro. Didion trata de recordarla, pero olvida muchas cosas, se acuerda de otras, y piensa en los momentos que vivió con él, que también era escritor.
Mientras ocurre todo esto, la hija de ellos está inconsciente en el hospital.
Después esa hija volverá a la conciencia, se enterará de que su padre ha muerto y tiempo después volverá a perderla. Meses más tarde, cuando Didion había terminado el libro, esa hija morirá. Y Didion se quedará sola.
Pero la muerte de su hija no es narrada en el libro. No. Acá sólo es la historia de su marido, John Dunne, y la vida que pasaron juntos. Casi cuarenta años de matrimonio.
La verdad es que no sé muy bien qué decir del libro. Si hubiese sido mío (gracias Toro por prestármelo), lo habría subrayado en muchas partes. Porque Didion lanza muchas frases y escenas que a uno lo hace replantearse lo que significa la muerte de alguien a quien quisimos. Y sin dejar de lado que Didion tiene un estilo muy agradable, donde comienzas a leer la novela y ni te das cuenta que ya has avanzado mucho. Y no quieres que se termine el libro. Sobre todo cuando ella dice que no quiere terminar de escribirlo.
Así empieza la novela:
La vida cambia rápido
La vida cambia en un instante
Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba
La escritura como terapia, como la única vía por donde Didion puede hacer que su marido siga, por momentos, vivo.
Recordar. Sobre todo recordar. Y escribir.
Cuando Didion va en la página 209, y faltan dos para terminar el libro, dice:
"Mientras escribo esto, me doy cuenta de que no quiero terminar este relato.
Ni tampoco quería terminar el año.
La locura disminuye, pero la claridad no la sustituye.
Busco objetivos y no encuentro ninguno.
En realidad, no quiero que el año termine porque sé que a medida que pasen los días, cuando enero dé paso a febrero y febrero, al verano, sucederán ciertas cosas. La imagen de John en el momento de su muerto se irá haciendo menos inmediata, menos cruda. Será algo que sucedió otro año. Mi percepción del propio John, del John vivo, se hará más lejana, incluso "porrosa", suavizada, transformada en cualquier cosa que sirva mejor a mi vida sin él. En realidad, ya está empezando a suceder. Durante todo el año he ido resiguiendo el calendario del año pasado: ¿qué hacíamos ese mismo día el año pasado? ¿Donde cenamos? ¿Es el día que hace un año volamos a Honolulú después de la vida de Quintana? ¿Es el día que hace un año volvimos de París? ¿Es el día? Hoy, por primera vez, me doy cuenta de que mi recuerdo de este día de hace un año es un recuerdo del que John está ausente. Este día hace un año era 31 de diciembre de 2003. Hace un año, John no vio aquel día. John estaba muerto.
Cruzaba Lexington Evenue cuando me di cuenta de esto.
Sé por qué intentamos mantener vivos a los muertos: intentamos mantenerlos vivos para que sigan con nosotros.
También sé que si hemos de continuar viviendo llega un momento en que debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos.
Dejarlos que se conviertan en la fotografía sobre la mesa.
Dejarlos que sean un nombre en las cuentas fiduciarias.
Soltarlos en el agua.
El saberlo no me más fácil tener que soltarlo en el agua".
Nunca se me ha muerto alguien con quien tenga un lazo tan fuerte. Por eso creo que no conozco lo que significa la muerte, y lo que viene después de ella. Pero imagino que El año del pensamiento mágico es uno de esos libros que pueden ayudarte en un momento como ese.

Thursday, May 01, 2008

La chica que quería ser Dios

Es extraño comenzar un libro sabiendo el final de la historia. Sobre todo si lo que sabes es algo real, algo que salió en los diarios, en las revistas. Algo que, incluso, resulta una marca indeleble a la hora de asociar un nombre con su historia.
Sylvia Plath y el suicidio.

Cartas a mi madre resulta ser uno de esos libros donde, a pesar de saber cómo termina, uno se conecta con la historia y trata de empezar a buscar indicios de ese final. Un lector-detective que busca pistas en cada carta que Sylvia le escribe a su madre. Y claro, resulta ser un ejercicio fallido casi siempre, porque lo que cuenta en esas cartas son cosas cotidianas que le suceden a cualquier chica norteamericana de 18 años (que es aproximadamente la edad que tiene cuando comienza a escribirle a su madre desde el Smith College). Habla de chicos, de amigos, de profesores, de lecturas, de fiestas. De sus proyectos. Y quizá en esto último es en lo único que las cartas se diferencian de cualquier otra: Sylvia estaba obsesionada con concretar los proyectos que se había propuesto desde niña. Quería ser una escritora famosa, reconocida, admirada. Quería ser profesora. Quería ser poeta. Y es en Smith College donde comienza a buscar la realización concreta de esos proyectos. Así que lee y escribe. Y primero son cuentos, y de vez en cuando algunos poemas, pero sobre todo cuentos, y los envía a revistas norteamericanas y comienza a publicarlos y hacerse, lentamente, un nombre.

Pero también la rechazan muchas veces. Más de lo que ella quisiera. Y habla de la tristeza que le causa eso, y su mamá le envía cartas que no leemos, pero que ella agradece y la tranquilizan.

El lector-detective se ve sumido en esta historia de triunfos y derrotas literarias. Por un momento abandona la idea de seguir buscando pistas. Pero de pronto aparece una. En un diario aparece el reportaje sobre el suicidio de un compañero de su hermano. Su madre cuenta que Sylvia la telefoneó y le habló sobre eso. Después le escribiría una carta muy angustiosa contándole lo cansada que estaba de todo.

La primera pista. El primer indicio. Quizá es absurdo tomarlo tanto en cuenta, pero cuando leí esa parte sentí que algo estaba pasando. Un quiebre. No sé. Porque en general todas sus cartas hasta ese momento habían sido felices. Se siente que ella estaba muy alegre y contenta. Pero de pronto esa noticia. Esa carta. La angustia. La primera pista.

Y esto podría ser gratuito, si no fuera porque unos meses después Sylvia intentaría suicidarse. El motivo no fue algo concreto, pero sucedió justo después de que se enteró que no fue aceptada en un curso de creación literaria que dictaría Frank O'Connor. La gota que rebalsa el vaso. Las ganas de morirse. El psicólogo. Los electroshocks. Las ganas de morirse.

Tuvo que pasar un buen tiempo para que Sylvia se recuperara. Las cosas mejoraron y fue aceptada en Cambridge. Obtuvo una beca. Se fue a Inglaterra a estudiar. Cartas de felicidad, nuevamente. Hechos cotidianos. Más cuentos. Más revistas que los publican. Más poemas. Mas chicos. Más chicas. Más estudios. Hasta que conoce a Ted Hughes. Se enamora como una niña. Lo admira. Comparten lecturas. Comparten sus escritor. Ella empieza a escribir más poemas. Y él se los revisa. Una pareja feliz. Quizá demasiado feliz.

Acá es donde el lector-detective podría no entender nada. Se podría perder, cansar, aburrir de buscar. Porque las pistas no están en ninguna parte. Sin embargo, las cartas que escribe Sylvia no permiten que uno las deje a medio camino. Porque a pesar de la felicidad que transmiten, uno percibe que algo puede no andar tan bien. Quizá demasiada felicidad es sospechosa. Y acá eso cobra mayor significado cuando uno sabe el final. Entonces el lector-detective sigue buscando en esta felicidad y comienza a pensar en todo lo que no dicen esas cartas. En lo que esconden. En que, justamente, están escritas a una madre. Y una hija generalmente evita darle malas noticias a su madre. Evita comentar los problemas. Mejor hablar de las cosas buenas. De su entusiasmo. De la felicidad.

Sylvia después se casa en Londres con Ted. Tienen una hija. Después pierden otro. Después tienen un hijo. Siguen escribiendo, viven ciertas penurias económicas pero aguantan. Resisten. Por lo menos eso le dice Sylvia a su madre en las cartas. Le recalca que son felices, que Ted es el hombre que siempre buscó en su vida, que no concibe cómo pudo vivir antes sin él. Y compran una casa alejada de Londres. Viven allá. La arreglan, la cuidan, siguen escribiendo, se ganan premios, becas. Publican libros. La vida perfecta. La depresión olvidada.

Pero avanzan los años. 1960. 1961. 1962. El lector-detective está sumergido en la historia. Olvidó lo de las pistas. Se encanta con la historia de este matrimonio de poetas que todo les resulta bien. Que después de vivir problemas económicos por fin pudieron salir de eso y escribir tranquilos. El lector-detective avanza en la historia, pero sabe que hay algo. Sabe que estas cartas son reales. Que las fechas son reales. Sabe que el tiempo avanza y que se acerca el final conocido. Sabe eso y se atormenta, porque entre tanta felicidad no se vislumbra nada. Ninguna pista. Nada. Y todo esto más allá de pensar en lo que esconden las cartas. No es posible callar tanto tiempo. Pero Sylvia lo hace. Resiste. Se aguanta.

Pero nada puede durar tanto tiempo.

Últimas 80 páginas. Fin de 1961, comienzos de 1962. Sylvia manda menos cartas. La madre tiene que intervenir más en el libro. Tiene que explicar ciertos cabos sueltos, cosas que un lector ajeno a la historia no puede entender. Y en esas explicaciones aparece el quiebre: el matrimonio tiene graves problemas. Hay otra mujer. Sylvia sigue disimulando muy bien. En las cartas habla de otras cosas. Ya no escribe tanto. Ni poesía. Ni cuentos. Ni cartas. Y su madre realiza el primer viaje a Inglaterra desde que se compraron la casa con Ted. Sylvia quería mucho que conociera su casa. Estaba feliz. Pero la madre llega en el momento más inoportuno: la pareja está destrozada. Ya no hay vuelta atrás.

La madre regresa a Estados Unidos. Sylvia y Ted se separan.

Ted deja la casa. Sylvia se queda con los niños. Empieza a vivir problemas económicos. Sus últimas cartas hablan sobre todo de eso. Recalca los problemas económicos. Necesita salir de su casa, necesita tiempo para escribir, pero sin plata no puede. Y más encima vive alejada de Londres, del mundo intelectual. Y ella quiere regresar ahí. Pero no tiene plata. Y se frustra. Además que está haciendo los papeles para divorciarse. Y viaja a Londres a hacer trámites. Quiere regresar a la capital inglesa. Y encuentra una casa. Y hace papeles. La arrienda por 5 años. La misma casa donde vivió Yeats.

Finalmente se traslada. 1963. Londres y los poetas. Londres y los intelectuales. Londres y Sylvia que quiere sentirse reconocida por su poesía y no por ser la esposa de Ted Hughes. Y un día ella cuenta que vio a Ted y a su nueva mujer. Y dice que no siente celos, que le da lo mismo. Pero el lector-detective entiende que eso es mentira. Entiende que en esas cartas reales, esas cartas verdaderas quizá no lo son, que lo que hay detrás de ella, eso que nunca nadie explica ni dice, es una gran mentira adornada con detalles verdaderos. La tristeza y la resignación escondidas en las cartas felices de Sylvia. Palabras desesperadas que nadie logra captar. Sylvia pidiendo ayuda a gritos sin que nadie la escuche. Y es 1963 y Sylvia manda su últimas cartas. Y cuenta que ha conseguido algunos trabajos, que está pintando su nueva casa y que las cosas han mejorado.

4 de febrero de 1963.

Londres que está viviendo bajo la nieve, bajo el frío. Sylvia que se enferma, los niños que se enferman, pero que luego se recuperan. Todos se recuperan. Ella envía su última carta. Ya no hay entusiasmo. Está cansada, pero sabe que sus hijos dependen de ella. Quiere seguir escribiendo y seguir cuidándolos. Se despide de su madre. Ya no hay pistas. El lector-detective lee esta última carta y no sabe que pensar. Sabe que se acabó el libro. Se acabaron las cartas. Se acabó Sylvia. Luego una anotación de su madre donde cuenta que Ted envió un telegrama avisando de la muerte de Sylvia. La página en blanco. Y el lector-detective que no sabe qué pensar. Que se queda un momento en silencio, buscando respuesta, queriendo que el libro hubiese seguido, que se explicaran más cosas. Pero nada. El lector-detective y la página en blanco.

Después revisar el prólogo de Ana María Moix. Después leer la introducción de la madre de Sylvia Plath. Y encontrar algunos datos, otras pistas: la figura del padre de Sylvia reluce. Su muerte prematura. La tristeza de Sylvia. Su resignación. Quizá pistas falsas. La resignación. Y después buscar datos en otros lados. Ver que culpan a Ted Hughes de todo. El principal sospechoso. Él también escribió un libro sobre el tema titulado Cartas de cumpleaños, donde cuenta su versión de la relación con Sylvia. Pero al lector-detective le parece que eso está ajeno a Cartas a mi madre. Es otro contexto. Otro lugar. Y las pistas se acabaron. Ella está muerta en la cocina. Está con la cabeza dentro del horno. Y eso es lo único concreto. Lo único real: la página en blanco, las preguntas sin respuestas y ella con la cabeza dentro del horno.

Saturday, April 19, 2008

Una vida crítica

Siempre me ha interesado más el Fuguet cinéfilo que el Fuguet lector. Quízá tiene que ver con los aciertos o con una cierta postura de Fuguet con respecto al cine y a la literatura. Cuando habla de la primera lo hace desde una profunda pasión. Cuando habla de la segunda, las cosas se vuelven algo más enredadas, donde pareciera que Fuguet llegó por casualidad a ella, y que no es realmente su verdadera pasión.
Claro, todo esto es una suposición, porque no conozco a Fuguet y nunca he hablado a él. Aunque esa suposición nace después de leer varios de sus libros y entrevistas donde se traspasa esta idea y, por sobre todo, después de revisar sus críticas y artículos de cine, donde se nota y se siente que ése es su tema.
Basta con revisar Apuntes autistas y darse cuenta de eso.
Anécdota1: uno de los mejores textos que he leído de Fuguet, creo, es uno que publicó en la Wikén el año 2003. Hablaba de una película donde una pareja se reencontraba en París, después de 9 años de haberse conocido. Una película que era la segunda parte de una historia que había quedado incompleta. Y Fuguet hablaba con tanta pasión de los dos filmes que se me quedó pegado en la cabeza la historia. Me obsesioné con ella.
Tiempo después se convertiría en una de mis películas favoritas. Y desde ahí que cada vez que Fuguet recomendaba una película, quise ir a verla.
Anécdota 2: Creo que nunca ha fallado (revisar El latido de mi corazón, que es una gran película que estrenaron hace unos años acá y que, curiosamente, he conocido a muy poca gente que la ha visto. Búsquenla. Es una gran película que Fuguet recomendó en su blog. Repito: búsquenla).
Anécdota 3: Después de leer Una vida crítica, recopilación de textos cinéfilos del crítico Héctor Soto (editados por Alberto Fuguet y Christian Ramírez), las cosas me quedan más claras. Entiendo en parte la precisión de Fuguet a la hora de recomendar películas. Con un modelo y maestro como Héctor Soto, es díficil no acertar, no querer ver y ver películas, revisitar clásicos y hacerse una idea de lo que es el buen cine. Con un maestro así es difícil no transmitir la pasión por el cine.
De ahí viene Fuguet, por suerte.
No tengo mucho que agregar del libro de Héctor Soto. Creo que es uno de esos textos que hay que comprar. Que hay que tener en el velador, ahí cerca, para consultarlo cuando quieras ver una película y no sepas cuál. Porque ese es uno de los aciertos del libro: ser una especie de instrucciones, una guía, un diccionario de consulta que no busca imponer sino que hace sugerencias y se empeña en discutir con uno.
El libro nos invita a ver todas esas películas de las que habla Héctor Soto y después releer las críticas y ver en qué cosas uno está de acuerdo o en desacuerdo con él.
Ahí, creo, está la gran gracia del texto. Además de dos cosas que importantes que hay que recalcar en la labor como crítico de Héctor Soto: 1)la pasión y el entusiasmo que transmite en cada texto es algo admirable, impagable e innegable. 2)La escritura de Soto es algo que hay que tener en cuenta, porque si Soto escribiera mal, esa pasión y entusiasmo no podrían transmitirse. Pero Soto escribe bien, muy bien, y gracias a eso el libro resulta ser, repito, uno de esos textos que hay que comprarse y releer cada cierto tiempo.
Por último, en una entrevista que le hacen a Soto al final del libro, rescato una respuesta que me parecen las palabras exactas para justificar este blog y dejarme en claro por qué lo sigo y lo debo seguir conservando:
"-Pero ¿se puede escribir de cine sin tener una revista?
-Por cierto. hay otras tribunas. Con frecuencua siento que no termino de procesar una película sino hasta escribir sobre ella. Para mí, la crítica, lejos de ser una mediación entre el público y la obra, es una manera de saldar las cuentas personales con una película. Probablemente es muy arrogante decir que el proceso no termina hasta que uno escribe, pero hasta que la película se discute con alguien, hasta que no se confronta con alguien, creo que no ha completado su ciclo".
Posdata: Aquí está el link de la crítica que salió en Km [cero].

Sunday, April 13, 2008

Últimas señales de vida

1
Escribir sobre escribir, literalmente hablando. A mano. Cuidar la caligrafía. Hacer que las letras sean legibles Intentar encontrar en ese ejercicio una manera de terapia, o algo así. Por momentos escribir sobre nada. Crear un discurso vacío. O intentarlo.
2
Obsesionarse con el diario de otra persona. La historia de otra persona. Anotaciones ininteligibles. Palabras sueltas. Frases a medio camino. Números. Nombres de medicamentos. La muerte que acecha en forma de dispersión. Una agenda con muchas páginas en blanco. Una mujer que se muere. Un hombre que se obsesiona con intentar encontrar algo en ese último discurso escrito por ella. O quizás encontrarla a ella en esas palabras.
3
No sé si Francisco Mouat haya leído a Mario Levrero. No sé si habrá pasado por sus manos El discurso vacío. No tengo idea. Tal vez no importe, aunque cuesta no pensar en Levrero cuando se termina de leer Tres viajes, el último libro de Francisco Mouat. Hay una sintonía, una forma de escribir, una pausa, un humor como en sordina.
4
Probablemente Mario Levrero no leyó a Francisco Mouat. Se murió el 2004. Dudo que haya sabido de su existencia. Aunque no es difícil pensar que si lo hubiese leído, probablemente habría pensando que entre ellos hay algo más que una forma de escribir similar. Quizá la forma de ver el mundo, desde una especie de nostalgia o melancolía que no tiene solución.
5
¿Se puede escribir sobre nada? ¿Se puede crear un discurso vacío? Son las preguntas que uno se plantea después de leer El discurso vacío y que más allá de responderse o no, importan en la medida en que le dan un valor a la escritura misma, a la elección de cada palabra. Porque más allá de que Mario Levrero haya querido escribir sobre lo que significa escribir a mano, cuidar la caligrafía, mejor la caligrafía y anotar esos ejercicios, lo que consigue en su novela es crear un personaje, una identidad que se va desarrollando a lo largo de los ejercicios caligráficos, y se va creando una historia, una atmósfera. Van apareciendo personajes. Uno empatiza con el escritor de esos ejercicios caligráficos. Entiende su desconcierto cuando su familia lo interrumpe en cada momento que está escribiendo. Y uno se siente incómodo cuando hay un ruido que no le permite avanzar en sus ejercicios y en "su discurso vacío", donde intenta escribir sobre cualquier tema y su perro Pongo se convierte en el protagonista, aunque en realidad el protagonista nunca deja de ser Mario Levrero.
6
El último libro de Mouat es extraño. Peculiar. Porque en él Mouat no actúa como escritor, sino más bien como editor. La persona que selecciona tres diarios de vida de personas que conoció en distintos momentos, y con las que se obsesiona, se intriga y decide hacerles entender que en esos diarios, en esas vidas, hay un material literario importante. En definitiva, unas historias que deben ser contadas. Y él se hace cargo de los diarios y los corta, los edita, los transcribe y se adueña de esas historias más allá de que él no las haya escrito. Aunque cabe destacar que en general sus intervenciones, ya sean entrevistando a los dueños de los diarios como haciendo anotaciones, le dan un mayor sentido a cada historia, porque logra desentrañar ciertos elementos que quedan dando vuelta en las tres historias: un oftalmólogo que va a Vietnam durante la guerra, un joven ingeniero que busca el negocio de su vida con la fiebre del loco en Chiloé, y una mujer que vive sus últimas horas, tras una dura enfermedad, son los protagonistas/escritores de los tres viajes que reúne Mouat.
7
Diarios de vida. ¿Coincidencia? En realidad no deja de ser curioso que Mouat se haya obsesionado con ellos y que Mario Levrero termine escribiendo uno, quizá, sin tener la intención de hacerlo. Porque Levrero nunca dice que quiere dejar constancia de algo ni mucho menos, sin embargo va anotanto sus "ejercicios caligráficos" y "su discurso vacío" con fecha. Como dejando una huella. Cortar el tiempo y plasmarlo. Y lo más notable es cómo, realmente, va mostrándose su vida, su historia, en cada texto del libro. Empezar a escribir sobre la nada y terminar escribiendo sobre uno. No intentar hacer algo literario, y terminar haciéndolo igual.
8
Escribir sobre un momento de la vida y no estar conciente de que aquello es literatura. Contar un instante, un episodio para dejar un rastro, para evadirse, para dejar constancia de que algo sucedió o dejó de suceder. Escribir como terapia. Palabras que sanan, o que por lo menos dan la sensación de hacerlo.
9
Levrero escribe: "No hay nada en el presente que signifique contento, ni por un instante; no hay paz ni sosiego, no hay sueños para recordar -como si el espíritu fuese un campo árido, un desierto. Y no hay en él menor atisbo de futuro, de ningún futuro deseable. Todo es un precipitarse de los días, las semanas, los meses y los años, vertiginosamente, sin huellas, vacíos por completo de contenido, hacia la muerte como única certeza. Día a día desde hace demasiado tiempo, sólo puedo observar pasivamente los progresos de mi ruina".
10
En la última historia de Tres viajes es cuando más se hace presente la idea de la importancia de cada palabra escrita. Porque el diario de esta mujer que se está muriendo, que está viviendo una enfermedad que la deteriora lentamente, se transoforma en una especie de puzzle, donde Mouat debe descifrar cada palabra que está escrita en su agenda. Palabras sueltas, inconexas, que hablan de la enfermedad, de exámenes, de reuniones que no se concretan. En definitiva, de una vida que se va esfumando y que trata de dar las últimas señales.
Imposible no pensar en Veneno de escorpión azul, de Gonzalo Millán.
11
Últimas señales de vida. Palabras tachadas. Sueños dispersos. Instantes que quedan grabados en El discurso vacío. Pero Mario Levrero no se estaba muriendo, aunque por momentos da la sensación de que sí. No como una crónica de una muerte anunciada, pero sí como las últimas señales de una vida que se iba extinguiendo sin que nadie pudiera hacer nada.
12
Detrás de la nada acecha algo, parece que nos terminara por decir Levrero.
Que cada uno descubra qué es.

Saturday, April 05, 2008

Luz rabiosa

La historia es simple: hace un tiempo que escribo reseñas menores para un diario universitario llamado Km [cero], que es de Publimetro y que se reparte miércoles por medio en las universidades santiaguinas. Esto desde el segundo semestre del año pasado. En fin. Este año crearon una página web donde suben el diario en papel digital y también sus contenidos para comentar. Así que ahora que las reseñas están en la web, decidí crear una especie de sección en el blog, donde comento el mismo libro reseñado para el diario, pero acá de una forma más relajada. Y no pensando en los 1300 caracteres. Ni tampoco en ser correcto ni nada de eso.
Espero que esto sirva para soltarme y así que las reseñas también sean más relajadas.
En fin.
No doy más la lata.
La semana pasada apareció mi reseña de "Luz rabiosa" de Rafael rubio, que se puede leer acá.
Aquí va una especie de "lado b".

La muerte y el padre.
"Adentro de lo oscuro hay una luz rabiosa.
Afuera están gritando que no hay Dios".
Antes de leer "Luz rabiosa" pensé en los poemas que había leído de Rafael Rubio: poemas sueltos en diversas antologías. Cosas así. Lecturas rápidas, sin mucha atención, porque leer esos versos encerrados en ciertas formas clásicas me alejaron de inmediato. Prejuicios estúpidos.
Así que empecé el libro con cierta lejanía. Esperaba encontrarme con poemas bien escritos, pero sin gracia.
Y por suerte me equivoqué.
Lo que hace Rubio en "Luz rabiosa" es de esas cosas, me parece, que suelen no suceder muy seguido en nuestra lírica joven: un poemario que mantiene su fuerza en la mayor parte del libro, donde más que poemas sueltos escritos por una misma persona, lo que hace es texto unido por un par de temas, por un par de palabras, y desarrollarlo a lo largo de toda su extensión. Buscando posibilidades. Ahondando en esos lugares que decidó visitar.
El padre y la muerte son los temas. Esos lugares donde Rubio se interna para encontrarles un sentido, un significado, y, quizás, respuestas a los cuestionamientos que recorren todo el libro.
Como bien dijo Zurita en la presentación del libro, "Luz rabiosa" es una de las obras chilenas donde el tema de la muerte está trabajado con más fuerza.
El tema es la muerte. La muerte de un padre. Y Rubio consigue elaborar una serie de textos, sin abandonar, muchas veces, las formas clásicas, donde hay un constante cuestionamiento sobre esta muerte del padre. Y son preguntas muchas veces sin respuestas, pero que representan una fuerza, una lucidez, un dolor y una rabia que muy pocas veces me había tocado leer.
"Luz rabiosa", que en su conjunto resulta ser algo irregular (sobre todo pasando la mitad del libro), es uno de esos libros que te emocionan porque están escritos desde una profundo desconcierto. Es una obra que busca, a través de cierta reiteración de palabras, encontrar un sentido a la muerte, a la pérdida del padre y a Dios. Y que logra que las formas clásicas no parezcan áridas, sino que al contrario, se muestren necesarias para conseguir que todo el dolor se encause.
Sin embargo lo que más impacta es la rabia con la que está escrita. Una rabia mezclada con la tristeza y la resignación, que recorre todo el libro y que en "Misa 1" logra su mayor intensidad, donde la voz que nos habla adquiere un tono desgarrador, parecido al mejor Zurita.
Esa intensidad la he leído muy pocas veces entre los poetas "jóvenes". Quizá Javier Bello, quizá Héctor Hernández Montecinos. Pero en esta ocasión fue distinto. Porque ahí es cuando Rubio consigue hacer que la palabra muerte y la palabra padre duelan. Y esto a pesar de la lucidez de Rubio a la hora de comprender lo difícil de cargar de verdad las palabras:
"Deberás entender a fin de cuentas
que el poema no es más que un ejercicio:
no va a hacer que se levanten los muertos
ni hará que tu padre retorne
del oscuro país de los dormidos
porque ya no habrá país del que volver
ni esperanza tampoco, ni poema".

Claro, los muertos no se levantarán ni el padre retornará, pero la emoción que transmite Rubio se queda en sus poemas. Y, quizás, eso es a lo único que podemos aspirar.